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La moda cambia. Nosotras también. Pero quizá llega un momento en el que dejamos de perseguir tendencias y empezamos, simplemente, a vestirnos como somos.
Las pasarelas tienen algo de fantasía. Son espectáculo, inspiración, exceso. Un lugar en el que la moda se permite soñar sin demasiadas explicaciones y donde, durante unos minutos, todo parece posible: los vestidos imposibles, los tacones infinitos, las siluetas perfectas, la puesta en escena. Y nos encanta.
Pero después se apagan las luces.
Y entonces llega la vida
Llega la mañana de un martes cualquiera, el trabajo, un café deprisa, una comida con amigas, una reunión, una cena inesperada o un viaje. Hay días en los que queremos sentirnos especialmente guapas y otros en los que simplemente necesitamos mirarnos al espejo y reconocernos.
Y quizá sea ahí, lejos de la pasarela, donde empieza la parte más interesante de la moda.
Porque con los años nuestra relación con la ropa cambia. Durante mucho tiempo nos vestimos preguntándonos qué se lleva, qué nos favorece, qué deberíamos ponernos o qué pensarán los demás. Probamos tendencias, cometemos errores —benditos errores—, llenamos armarios de prendas que alguna vez creímos necesitar y terminamos descubriendo que no todo aquello que nos gusta necesariamente nos representa.
Hasta que un día la pregunta cambia.
Ya no es tanto “¿qué me pongo?”, sino “¿cómo quiero sentirme hoy?”.
Y esa diferencia lo cambia todo.
La elegancia de conocerse
Cumplir años no debería significar desaparecer detrás de prendas discretas ni aceptar una especie de manual invisible sobre aquello que una mujer puede o no puede ponerse. Quizá sucede precisamente lo contrario.
La edad nos concede algo mucho más interesante que la juventud: criterio.
Aprendemos qué pantalón nos hace caminar diferente, qué americana consigue que nos sintamos poderosas, qué vestido nos acompaña sin disfrazarnos o qué camiseta blanca siempre funciona. Sabemos qué zapatos pueden transformar unos vaqueros y qué bolso compramos no porque estuviera de moda, sino porque intuimos que nos acompañará durante años.
También aprendemos a decir que no: a una tendencia que no tiene nada que ver con nosotras, a vestir para gustar, a esconder nuestro cuerpo porque haya cambiado o a pensar que determinadas prendas tienen fecha de caducidad.
Y es entonces cuando nuestro armario empieza realmente a contar nuestra historia.
No se trata de parecer más joven
Tal vez este sea uno de los grandes malentendidos cuando se habla de moda y edad.
Vestirse bien a los 40, a los 50 o a los 60 no consiste en intentar recuperar a la mujer que fuimos a los 25. Consiste en vestir a la mujer que somos ahora.
Una mujer con experiencias, contradicciones, cicatrices, sentido del humor, seguridad y también inseguridades. Una mujer que probablemente conoce mucho mejor su cuerpo y que ya no necesita demostrar tanto.
Hay algo tremendamente atractivo en esa serenidad. En unos vaqueros perfectamente elegidos, una camisa masculina ligeramente abierta, un traje impecable, un vestido negro que no necesita explicación, una joya especial o unos zapatos maravillosos.
Prendas aparentemente sencillas que, sobre una mujer que se siente cómoda dentro de ellas, dejan de ser sencillas.
Porque quizá el verdadero lujo no sea llevar algo extraordinario.
Quizá sea sentirte extraordinaria llevando algo que se parece a ti.
Nuestro propio desfile
Por eso las pasarelas siguen siendo necesarias.
Necesitamos la fantasía. Necesitamos diseñadores que exageren, imaginen y nos hagan soñar. Necesitamos mirar una colección y pensar: yo jamás llevaría eso. O quizá preguntarnos: ¿y por qué no?
Pero existe otra pasarela mucho más cercana y, quizá, mucho más interesante: la calle, la oficina, un aeropuerto, una terraza, el supermercado, una cena, la puerta del colegio o una ciudad desconocida durante un viaje.
Ahí es donde cada mujer interpreta la moda a su manera.
Tal vez deberíamos prestar más atención a esas pequeñas decisiones cotidianas: las prendas a las que siempre regresamos, las combinaciones que nos hacen sentir guapas sin esfuerzo, los colores que forman parte de nuestra identidad o ese accesorio capaz de convertir un conjunto absolutamente sencillo en algo inequívocamente nuestro.
Porque el estilo no consiste necesariamente en llamar la atención.
Consiste en dejar una pequeña huella.
La edad también se lleva
Hay una belleza particular en una mujer que ya no intenta ser otra.
Con la madurez aparece una serenidad que ninguna tendencia puede fabricar: una manera diferente de ocupar el espacio, de caminar, de elegir y de mirar. Quizá por eso, con los años, vestir bien tiene cada vez menos que ver con la ropa y mucho más con la actitud, la seguridad y la libertad.
Podemos admirar una pasarela sin querer convertirnos en la modelo que camina sobre ella. Podemos inspirarnos en la moda sin obedecerla. Podemos seguir jugando, arriesgando, cambiando y sorprendiéndonos sin renunciar a nuestra edad.
Porque hay un momento maravilloso en la vida de una mujer en el que deja de preguntarse si algo “es apropiado para su edad”.
Se mira al espejo.
Le gusta lo que ve.
Y sale por la puerta.
Quizá eso sea el estilo:
Vestirse cuando, por fin, ya sabes quién eres.
Teresa Trenco
Directora MY CLOSET